lunes, 8 de octubre de 2012

Carlos Molina - "El Bardo del Tacuarí"

*Durante más de treinta años el payador Carlos Molina vivió en una casa en el Cerrito de la Victoria, en Montevideo. En la entrada había dos sauces llorones; adentro, las fotos y los trofeos testimoniaban los reconocimientos y el rastro que había dejado en innumerables peñas y festivales, tanto en tierra oriental como extranjera.
Había nacido el 11 de septiembre de 1927 en Melo, Cerro Largo.


En esa ciudad vivió junto a sus padres —Universina Coitiño, hojalatera, y Juan Molina, zapatero— y sus hermanos. Siendo un niño, escribía poemas dedicados a los árboles, a los pájaros, a los caballos, al río. Cantaba en un circo; andaba en la huella.
Para Carlos, el verdadero cantor de la familia era su hermano Efraín, que murió en 1949. Él fue autodidacta. «Me hice payador en el camino», le contó a Carlos Cipriani López, en una entrevista publicada en el diario El País en julio de 1996. Mientras cantaba y tocaba milongas con la guitarra (por la zona de Arbolito, por la Micaela), trabajó en chacras, cortó y deschaló maíz en Minas, trabajó como peón cerca de la costa del río Tacuarí (luego lo apodarían «el Bardo del Tacuarí») y vareó caballos.
Cuando tenía catorce años fue a Campamento, un paraje de Cerro Largo, con Agustín Miraballes, que por entonces era su patrón. Había carreras y rifaban con dados una guitarra. El ganador se la vendió a Miraballes, que se la cedió a Molina, pero no como regalo («tal vez pa' probarme, pa'ver cómo era el individuo, qué consecuencias tenía para los compromisos contraídos», contaba Molina). A los quince viajó a Montevideo y conoció al payador argentino Evaristo Barrios. Con él hizo su debut en la radio. Pronto se hizo célebre en pulperías, peñas y cafés por sus rimas y la agudeza extraordinaria de sus réplicas. Se casó con Alba Aurora, la «China», hermana del payador Aramís Arellano. Tuvieron un hijo, Efraín Carlos.


En cx 14 Radio El Espectador
Montevideo - 1964 -
En 1955 participó de la primera Cruzada Gaucha en Montevideo, junto a otros payadores; y el espectáculo viajó por todo el interior y llenó todos los escenarios. Ácrata, trashumante, lector voraz, admirador de Bartolomé Hidalgo como pionero del canto popular, Molina creía que ser payador implicaba una actitud ética y no una mera fuente de entretenimiento o servilismo («no se justifica el payador, el cantor, el poeta, si no cuentan o cantan los asuntos de su gente»), y defendía la lucha contra la opresión. Su sueño irrenunciable era, según sus propias palabras, el de una «sociedad hermana donde el hombre hermano del hombre no tenga necesidad de explotar ni de ser explotado». Publicó varios libros de poemas, compuso canciones, cantó solo en improvisaciones y compartió memorables payadas de contrapunto con otros artistas. Se consideraba a sí mismo un artesano del verso

Murió el 20 de agosto de 1998 en Montevideo.


Mi andanza - CARLOS MOLINA
(C. Molina)  - Disco: "Coplas del nuevo tiempo" 
Hemisferio - 1969 -



En muchas partes del mundo se cultivó o se cultiva el arte de improvisar, ya sea en forma solista o de contrapunto con un contendiente. Esta impresionante expresión poético musical «tiene una antigüedad conocida no menor de tres mil años», al decir de Lauro Ayestarán. En la segunda mitad del siglo xx, el «arte del payador» (trovador, repentista) tiene su gran figura rioplatense en Carlos Molina. Este hombre de sonrisa y ternura de niño, que se volvía un gallo de riña con rulo rebelde en el copete, que paseaba la mirada fija y chispeante mientras preparaba la respuesta, se convirtió en el payador uruguayo por antonomasia. Fue el Gaucho Molina, el Payador Libertario, el Bardo del Tacuarí. No renegaba de la canción compuesta y de hecho grabó varios discos de estudio, pero su pasión estaba en la improvisación, y dentro de ella en el enfrentamiento de la payada de contrapunto. Decía que se precisaba conocer de métrica, leer mucho e ir entrenando el oficio. Y odiaba los versos «guillados» (memorizados previamente).

Carlos Molina y el payador Luis Alberto Martínez
Según la cantidad de versos, una payada puede cantarse en cuartetas, sextillas, octavillas; la más utilizada es la décima o «espinela» con sus diez versos octosílabos y su compleja estructura de rimas. Puede acompañarse por géneros como cifra, estilo, vals, cielito. El más usado —aparentemente desde comienzos del siglo xx , impulsado por el argentino Gabino Ezeiza— es la milonga. Se toca en mi menor, con el pulgar colocado en punta. Pulgar volador del payador que llega hasta las primeras cuerdas, las «primas», las más débiles, que frente al dedo más fuerte llegan casi hasta el chasquido, el «cerdeo» —ruido molesto e impuro para la técnica guitarrística académica—. El arpegiado de las guitarras funciona como un reloj que marca, implacable, el paso del tiempo para el contrincante que prepara su respuesta. Es curioso cómo muchos payadores quieren estudiar guitarra para mejorar su técnica y muchos guitarristas académicos querrían aprender a volar con el pulgar, manteniendo diez, quince, veinte minutos —o hasta donde cuente la leyenda—, la maquinita imperturbable de la milonga payadoril. Y sobre la guitarra, el canto. Muchos payadores mantienen la limpia y lírica emisión de voz del estilista (cantante de estilos), la del primer Gardel, la de Ignacio Corsini y Agustín Magaldi. Pero Molina cantaba, recitaba, o «cantaba diciendo» con certera afinación imprecisa, como echando el alma, casi escupiendo a veces, con una gran proyección en su volumen —que los micrófonos no consiguen registrar—, con energía guerrera, no falta de delicadeza y humor.


Río Tacuarí - Departamento de Cerro Largo - (R.O. del Uruguay)
Foto: Richard Recuero.


Así como rechazaba poner su canto al servicio del dinero («usted está hablando con un hombre que nunca alquiló su guitarra», le dijo a un periodista) o del mero entretener, tampoco aceptaba hacerlo en favor de una tradición idealizada o conservadora. Molina defendía al payador como «institución histórica» a la cual había que dignificar logrando, según sus palabras, que fuera «un elemento que corra parejo con la historia». Hasta el momento, los distintos gobiernos y la sociedad no han encontrado la forma de que este arte viva fluidamente entre los uruguayos más allá del 24 de agosto (día del nacimiento de Bartolomé Hidalgo y, desde 1996, Día del Payador), de las «criollas» anuales o de programas radiales a las seis de la mañana.
Sin embargo, tan inasible, tan movilizador y tan «de repente» puede ser el arte repentista, que cuando en 1984 Molina cantó en el recibimiento a Alfredo Zitarrosa enseguida fue emplazado a presentarse ante la policía. En la aún viboreante dictadura, debía explicar por qué no había mandado las letras para el trámite de censura. Detrás de una mampara otros músicos lo escuchaban explicándole al funcionario que él era payador y por lo tanto no podía mandar previamente lo que tenía que ser creado en el momento. Como burocráticamente el funcionario insistía, Carlos Molina le dedicó una copla: «Cuando pulso un instrumento/ y me pongo a improvisar / ahí ya me empiezo a olvidar/ mi copla muere en el viento». 


*Almanaques BSE (Banco de Seguros del Estado) 
Concepto General: Ines Bortagaray
Biografías: Inés Bortagaray
Selección y notas: Rubén Olivera
Diseño y producción editorial: MONOCROMO
Fotografias: Luis Fabini



Video: Publicado el 26/09/2012 por


Entrevista a Carlos Molina 1992
Archivo Alejandro Reyes.

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