viernes, 24 de agosto de 2012

Las seis cuerdas de Atahualpa Yupanqui

Las seis cuerdas de Atahualpa Yupanqui
Daniel Viglietti.

LA PRIMERA CUERDA:

Hace más de me­dio siglo que Atahualpa Yupanqui entró en nuestro oído. Todo empezó quizá cuando Héctor Roberto Chavero, nacido en Perga­mino, Provincia de Buenos Aires, el treinta y uno de enero de mil novecientos ocho, deci­dió cambiar su verdadera identidad por el seudónimo con que se volvería célebre. La reformulación de su nombre recurriendo a símbolos tan claros para la historia latinoa­mericana me hace pensar que fue como pre­pararse para una larga lucha en la que podía ser muy útil ese nombre de raíces históricas indígenas. Nada casual entonces que una de sus canciones fundadoras sea "Camino del indio". Aunque al evocar esa canción su memoria elija las raíces de la infancia:

"Camino del indio la hice a los dieci­nueve años... Sería el año veintisiete... Cuan­do fuimos a Tucumán con mi padre, que era ferroviario, él alquiló una casa en Tafí. Ya la siesta mi padre nos decía: -A descansar, que las siestas tucumanas son muy largas-. Sí que eran largas. Y cuando ellos se iban a dormir, a las dos de la tarde, con mi hermana que era mayor que yo, nos escapábamos por una ventana al campo, a la montaña. Pero no íba­mos muy lejos, menos de un quilómetro, por entre pajonales y huertas de naranjos, níspe­ros, damascos, hasta el ranchito de un viejo que en quechua nos enseñaba los nombres indios de los árboles. Lindo viejito... Don Dionisio... Era una especie de abuelo. Y eran muy marcados sus rasgos indios. A ese caminito, de casa a lo de Don Dionisio, un camino secreto que sabíamos mi hermana y yo, lo llamamos el camino del indio. Entonces le puse "caminito del indio que junta el valle con las estrellas", porque en mi manera de idealizar las cosas, sin querer hice una can­ción que luego la sintieron importante y muy andina... (Se pone a tararear un trozo de la melodía). Así, simplemente, buscando lo pentatónico, la cosa más elemental, el abecé para tocar la quena..."

Caminito del Indio - Rosa María Lobo
(A. Yupanqui)


 
LA SEGUNDA CUERDA: Una larga lucha irá desarrollando Yupanqui para imponer una obra sin concesiones y a contracorrien­te de la mediocridad imperante en los me­dios masivos de comunicación. La calidad de su producción y la identificación de la gente con ella abrirán una brecha que irá populari­zando este repertorio. Analizar esa obra es tarea de equipo y a largo plazo. Apenas men­cionaré algunas de las claves posibles. Por ejemplo la de su capacidad para penetrar en la sabia inocencia de mucha de la gente de campo con que conviviera o se cruzara, y la calidad de su lectura del paisaje, del medio ambiente, con la asombrosa maestría para interrelacionar poéticamente ambos mun­dos.
En esa actitud de fino retratista la música cristaliza todos los componentes, es como el cauce al agua del río. La formación musical de Atahualpa es muy amplia. Por un lado in­cluye los sucesivos aprendizajes de violín y de guitarra con los respectivos maestros y por otro abarca el enorme caudal de música folklórica que recibió de los incontables tro­vadores trashumantes que cruzaron su niñez
y su adolescencia. Pero en su proceso irá más allá del gesto recolector de quien se de­tiene, mira y escucha, para llegar al gesto creador en la elaboración  de una de las obras más ricas del género. ¿Género? —me pregun­to a mí mismo, y me quedo callado, porque no sé qué decir. Músico, poeta, cantor popular, folklorista, narrador, todas las palabras me suenan incompletas. Antropólogo, tam­bién, y si agrego esa posibilidad es recordan­do su vínculo con el etnólogo Alfred Me­traux.


-"Una vez en la provincia de Salta yo esta­ba en un cerro que se llama Anta y ahí me encontré con un paisano. Estábamos comiendo pescado, de unos ríos que venían de arriba, y pasa un hombre con unas vacas. Un peón de ahí, delgadito, muy delgado.
-¡Buen día, cómo te va! -le dijo el que es­taba conmigo. Y el otro le contestó con un reirán en verso, como habla el paisano.- -'Y aquí me ves —dijo- ajenas culpas pagando y ajenas vacas arriando...' Y éste le dice; -'No querés bajarte a comer algo...'--'No, no hay tiempo'—'Chau'—'Chau'-. Y pasó el hombre... el ruido de las vacas... jui jui jui... Serían unas veinte, veinticinco vacas, lentas, ler­das, aquerenciadas al campo. Ya mi me que­dó, y en una caja de fósforos anoté 'ajenas va­cas arriando...', por si me fallaba la memoria. Lo anoté en una caja de fósforos grande, de esas de cocina... Ajenas vacas arriando... Y ese es el origen de 'las vaquitas son ajenas'..."

Desde esa copla se pueden recorrer las ve­nas de una buena parte del repertorio yupanquiano en que aparece claramente la toma de conciencia sobre la injusticia y la desi­gualdad en la vida de las grandes mayorías en nuestras tierras y la necesidad de cambiar esa situación; baste recordar composiciones como "Trabajo, quiero trabajo", "El poeta", "El pampino", "Canción del cañaveral", '"El payador perseguido", entre otras obras. Esa parte de su cancionero, por cierto, ha contri­buido a la toma de conciencia de mucha gente en nuestros países. Es muy intenso el testi­monio personal del músico en cuanto a su propia confrontación con esa problemática social que en una etapa de su vida lo llevaría al compromiso político.

"Tomé conciencia de eso cuando salía los diecinueve, a los veinte años, de gira por el norte.  Me metí para Bolivia y ahí vi enormes diferencias y vi una cosa que golpeó mucho mi sensibilidad. Yo ya estaba enamorado del folklore, de eso, de la cosa anónima de la música anónima, criolla, gaucha, india, indí­gena, mestiza. Y conocía mucho. Sin haber estudiado tenía información y conocimiento de ciento cincuenta danzas y canciones, o más... Y me encontré con que el productor de esos temas, el que producía esas cancio­nes, el pueblo, no tenía qué comer... no tenía qué comer... Era una criatura miserable con un aspecto terriblemente desolador. Puro poncho y ojos, con tuberculosis, con sarco­ma, qué sé yo... Un espectáculo humano in­digno de verlo, de que nosotros lo veamos. Yo era un toro de salud, me daba vergüenza a mí tener buena salud. Yo hubiera querido ser como ellos, como diciéndoles 'no me ha­gan caso, es pura parada, no tengo tanta fuerza... Sentía vergüenza de mi gran salud frente a lo que estaba viendo, chicos sin dientes, otros, muchachos de veinte años que toca­ban muy bien la quena y cuando le digo a uno de ellos '¿y qué tal. hiciste el servicio mi­litar?', me responde 'no, me rechazaron por ser pecho corro...' No tenía dimensión, no tenían aire sus pulmones, dos litros y medio en lugar de cuatro litros y medio, es decir, un posible tuberculoso... Una cosa terrible..."

 Atahualpa Yupanqui



 
TERCERA CUERDA: Desde Yupanqui -como de otra manera y en otra época ocurre con el paraguayo Agustín Barrios- hay que hablar de un antes y un después en el guitarrismo latinoamericano. Cabe preguntarse si sus necesidades expresivas lo llevaron a una utilización muy personal del instrumento o si fueron sus medios técnicos los que gene­raron su estilo expresivo. En todo caso, a sus tempranos estudios de guitarra clásica que mencionábamos, supo agregar su don de ob­servación de los guitarristas anónimos de la infancia. La riqueza de sus rasguidos así lo atestigua. Un ejemplo de virtuosismo en ese terreno son sus Malambos, por la riqueza rít­mica, por la variedad tímbrica, pero también por el manejo de la dinámica.
La mano derecha yupanquiana es sabia en los arrastres y en los  vibratos. Como que­da demostrado, a título de ejemplo, en su 'Danza de la paloma enamorada". Su mano izquierda logra un sonido carnoso, y con el paso de los años hasta las aparentes limita­ciones de lo que en realidad es una nueva concepción técnica se incorporan con inte­ligencia al lenguaje yupanquiano. Es intere­sante, en ese sentido. La audición comparati­va de obras que grabó en sus comienzos y que volvió a grabar en años recientes ("Ca­mino del indio", por ejemplo). Somos de los que pensamos que hay mucho para explorar y analizar en su obra y que muy poco se ha hecho al margen de escasísimas biografías apoyadas mas en lo literario que en lo musi­cal.'
Ahora, tras la muerte de este creador se vuelve necesario tomar distancia y abordar un enfoque crítico de algunos aspectos de su trayectoria- Por la dimensión del personaje y por la cercanía afectiva que muchos senti­mos, no es tarea sencilla. Habrá que analizar, paralelamente a su enorme obra, su ser so­cial, político, en esa biografía suya en laque conviven la ''Milonga del solitario" con el "Basta ya", la reflexión interior con la lucha por la justicia.

—"Entiendo que un hombre pasa por una cosa, pasa por otra y debe enfrentar la reali­dad de su vida, no olvidar su condición de hombre democrático y seguir adelante con el canto, el poema, la lucha. Ayudar en lo po­sible... y vivir... como decía Juan Terán;
-Mira las estrellas todo lo que quieras, pero mira también el suelo, así no tropezás, con los pies en la tierra, observando y de vez en cuando mirando las estrellas, por si las constelaciones te dictan alguna cosa...-'."


El poeta (A. Yupanqui)


LA CUARTA: Otro ejercicio que nos espe­ra es desaislar a Yupanqui en tanto supo te­ner compañeros de camino muy valiosos que, cada uno en su estilo y nivel, no logra­ron la trascendencia suya. Cómo hablar de toda una época de la música de proyección folklórica argentina sin mencionar junto a Yupanqui figuras como Andrés Chazarreta, Manuel Acosta Villafañe, Buenaventura Luna, Hilario Cuadros, los hermanos Ábalos, Julián y Benicio Díaz, Martha de los Ríos, Ju­lio Jerez, Edmundo Zaldívar (hijo), Margari­ta Palacios, entre otros músicos.
Por cierto, Atahualpa supo ser intérprete de composiciones de algunos de ellos y, en algunos casos, los evocó en su propia obra. Pero más allá de nombres propios, él siem­pre estuvo en secreta comunión con los gui­tarreros espontáneos que habitaron su me­moria.

-"El paisano cuando agarraba la guitarra, la agarraba como al descuido y había como que arrimarse al cantor. Porque el cantor no arrimaba la voz para otros. El cantaba pa’ sí, pa’ sí mismo. Eran soliloquios. Entonces había que arrimarse y sin bulla. En las orillas del pueblo, en los últimos ranchos es donde a veces sonaban las guitarras, pulsadas por esos trabajadores del campo. Ninguno vivía del canto. Por eso se arrimaban a la cancha de pelota vasca cuando pasaba un trovador. Sobre todo en tiempos de invierno pasaba al­gún solitario, y después no llegaba nadie, du­rante meses o a veces un año. Soltaban su voz, pero nunca los he oído cantar para mu­chos. Nunca cantaron pa' veinte personas, ja­más. Por eso había que acercarse a la guita­rra.  Yo he visto que nunca se ponían de fren­te al cantor sino al costao’ o detrás. Siempre escuchaban como de atrás los paisanos. Atrás del cantor, así. No los he visto hacien­do de público, no recuerdo. Hablando de paisanos, ¿verdad? pero de paisanos de veras, de gente de campo, de gente ruda. Por ejem­plo, me acuerdo de Arturo Cañón, nieto de algún español. Tenía una herrería. Anarquis­ta y herrero. Con tremendos ojos, parecido a Federico García Lorca, pero chiquito, medio petisón, ancho de espalda. Era un toro de musculoso. Era sentencioso para hablar. El tocaba y hacía unos rasguidos tan partículares con la cifra, y yo me encaprichaba en ha­cerlo y le aprendí su manera, que él llamaba 'peinao'. Dice; 'tenes que peinarla asi". Una especie de arpegio cerradito. Y yo lo veía cómo él cerraba la mano y apagaba como el timón, porque me decía;
-El pulgar es un timón, lo demás es un bote que va navegando, pero el timón es el que va ordenando las cosas-'. Así me lo decía Arturo Cañón."


































Edith Piaf et Atahualpa Yupanqui le 7 juillet 1950 à Paris


QUINTA CUERDA: Cuando conocí a Nené, como Atahualpa llamaba a su mujer, por su acento creí que era francesa. Era cana­diense, de la isla de Terranova y compartía con Don Ata, además de una larga vida en co­mún y un hijo, la complicidad de un secreto. Pero antes del secreto vayamos al origen del encuentro. Paule Pepin Fitzpatrick, que así se llamaba ella, era pianista y como tal la co­noció Yupanqui. Esta alumna de Carlos Ló­pez Buchardo estaba en Córdoba tocando el Concierto No. I de Beethoven. La segunda vez fue ella que escuchó un concierto de Atahualpa. Con la vida en pareja se armoniza­ron dos musicalidades, la de aquel piano asombrado del frescor yupanquiano y la de aquel trovador atento a la música "culta". Y nació un secreto que se llamó Pablo del Ce­rro. La pianista estaba detrás de ese seudónimo como coautora de muchas canciones, al­gunas de las cuales resultaron temas clásicos del repertorio de Atahualpa (El alazán", "Chacarera de las piedras", "La flecha", "El vendedor de yuyos", entre otros muchos tí­tulos, incluso uno instrumental, "El bien per­dido" ) Como, cuándo y dónde fue naciendo esa obra en común, es otra vertiente a explo­rar ¿En el refugio argentino de "Agua escon­dida" en Cerro Colorado? ¿O en parte en Pa­rís? En todo caso la música compuesta por ella aparece casi mimetizada al estilo de Yu panqui y de los aires folklóricos argentinos.
Durante el último concierto que diera Atahualpa en el Theatre de la Ville, en París, los que sabíamos de la muy re­ciente muerte de Nené, entendimos que la intensa profundidad de aquel recital no era ajena a una suerte de homenaje a su memo­ria.

"Heridas nos da la vida y hay que saberlas curar, con las leñitas que voy quemando se va entibiando mi soledad" (De 'Zambita del buen amor", de Pablo del Cerro y Atahualpa Yupanqui)




Antonieta Paula Pepin Fitzpatrick (Nenette - Pablo del Cerro) y Atahualpa con su hijo Roberto

 

LA SEXTA CUERDA: El Héctor Roberto Chavero nacido en Pergamino vino a morir Atahualpa Yupanqui en Nimes, en Francia. Esa tierra adonde había llegado por primera vez hacia décadas y donde había trabado amistad con Paul Eluard, Pablo Picasso y la inolvidable cantante Edith Piaff, quien luego de oírlo lo incluyó en uno de sus recitales haciendo la parte final. Desde aquella época Atahualpa fue compartiendo su vida entre un pequeño apartamento cerca de Montpar­nasse, en París, desde donde cumplía giras por Europa y otros continentes, y la Argenti­na, ya en Cerro Colorado, ya en un aparta­mento de Buenos Aires. Siempre me fue difícil entender cómo alguien tan apegado a los horizontes sureños podía pasar largos pe­riodos de su vida en una ciudad como París.
                                                              
"Si yo tengo nostalgia de Tucumán no ten­go más que caminar un metro, en mi casa. Tengo mi guitarra y me lleno de Tucumán... Me toco cuarenta y cinco zambas y Paris se me hace una aldea chiquitita cuando salgo a caminar… ".

Murió lejos de su tierra querida, pero no solo. Este solitario "payador perseguido" supo despertar pasiones y cariños en mucha gente. Detrás de su apariencia severa y muchas veces sarcástica había un paisano cálido y generoso, inagotable narrador de historias fascinantes, dueño de un humor muy pícaro y de una memoria prodigiosa. No hubo casi encuentro en que él no nos acercara alguno de sus recuerdos uruguayos como, por ejemplo, el del poeta Romildo Risso, de quien musicalizara "Los ejes de mi carreta". "El aromo", "Pa'qué". Entre otros textos.
En una lista tentativa de sus grabaciones aparece en mil novecientos cuarenta y cua­tro su preludio guitarrístico "A orillas del Yí", temprana referencia a sus vivencias uruguayas. "Don Ata" recorrió América Lati­na y en su vida de caminante hay rastros de eso, como en "Duerme, negrito", canción anónima que oyó de labios de una madre ca­ribeña que acunaba a su niñito en costas ve­nezolanas y que él supo adaptar magistralmente a nuestro modo de hacer música en el sur.
En una época como la actual, en que los medios masivos de comunicación de Améri­ca latina se han puesto al servicio de los peo­res productos de las metrópolis culturales y en que nuestros pueblos son testigos de la creciente desaparición de nuestra música como parte de nuestra cultura amenazada, la figura de un Yupanqui es faro para que no perdamos el rumbo, brújula para que todos aprendamos a oír sur cuando nos gritan nor­te.
Muchos serán los homenajes, muchos los pretendidos herederos artísticos de Don Ata. Sin embargo, con todo lo que tiene de generoso su arte, es intransferible. Tan in­transferible como su guitarra que, para el ejecutante común, tiene dispuestas las cuer­das al revés. Yupanqui era zurdo. Por eso este articulo se cierra con un arpegio de seis cuerdas, pero al revés, con rebeldía de poeta perseguido, como adiós que dice buen día. Nada más.

"Alguna gente se muere para volver a nacer y el que tenga alguna duda tiene mucho que aprender. Nada más. Nada más. (de "Nada más", de Del Cerro y Yupanqui).

*Daniel Viglietti.

Nada más - ATAHUALPA YUPANQUI - milonga -
(A. Yupaqnui)




  
*** En este trábalo incluimos fragmentos de conversaciones con Atahualpa Yupanqui sostenidas por el autor de este articulo en París. Francia, durante los años 1980-82 y por el periodista uruguayo Cesar Salsamendi en la misma ciudad, en 1977.

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