domingo, 26 de agosto de 2012

Eduardo Acevedo Díaz


La nóvela histórica en nuestra literatura surge y muere con Eduardo  Ace­vedo Díaz. Nadie después de él ha sido capaz de resucitar el género lleno de peligros y que obliga a largos y penosos trabajos de documentación que no siempre fructifican.



 
NOTICIA BIOGRÁFICA

Eduardo Acevedo Díaz nació en La Unión (Montevideo) el 20 de abril de 1851, de una familia adicta al general Oribe.
Hombre de energía, participó en diversas actividades como no­velista, periodista, político, diplomático y militar. Interrumpió sus estudios de abogacía para dedicarse a la vida político-militar de la República, desde las filas del Partido Nacional. Esto lo obligó a expatriarse varias veces, residiendo en la República Argentina, don­de contrajo matrimonio.







Periodista

Desde muy joven actuó en el periodismo nacional, publicando sus primeros ensayos históricos en la revista "El Club Universitario", y colaborando en los diarios de la época: "La República" (1872); "La Democracia" (1873-74) de la que fue director fugazmente del 9 al 13 de agosto de 1876; "La Razón" (1880); y sobre todo "El Nacional", cuya dirección ocupó a partir de 1895 hasta la fecha de su expatriación definitiva en 1903.
 
Político.

En 1899 fue elegido senador de la República. Ya el año an­terior había sido nombrado miembro del Consejo de Estado. La sucesión presidencial de 1903 provocó su separación de la vida política activa del país. Junto con varios legisladores de su fracción, desoyendo las directivas partidarias, votó por D. José Batlle y Ordóñez, asegurando de este modo su elección como presidente. A consecuencia de este acto fue expulsado del partido el 23 de abril de 1903 y renunció a la dirección de "El Nacional".
Se alejó, entonces, definitivamente del país.


Diplomático.

El 14 de setiembre de 1903 fue nombrado Enviado Extraordina­rio y Ministro Plenipotenciario en Estados Unidos, Méjico y Cuba. Dedicado a la carrera diplomática, representó al país en la Argenti­na, Brasil, Italia, Suiza y Austria-Hungría, radicándose definitiva­mente en Buenos Aires donde murió el 18 de junio de 1921.
Pero el mérito principal de Acevedo Díaz no lo consiguió en estas actividades, sino como novelista. Es preciso llegar a él para encontrar una novela valedera en la historia de las letras urugua­yas.


 
UBICACIÓN LITERARIA

Colocado en el linde que separa la época romántica de la rea­lista en nuestra literatura, Acevedo Díaz participa de ambas. Pero es como realista que debemos catalogarlo, pues así logra sus mejores éxitos. Lo poco de romanticismo que hay en su obra, malogra su gran realismo. Las dos novelas de menor calidad: "Brenda" y "Mines” son el legado romántico del autor; por lo cual concluimos, sin querer alegar nada contra la escuela, que Acevedo es tanto más gran­de, cuanto menos romanticismo intentó en sus novelas, pues no era ese el camino de su temperamento artístico.

 La tetralogía en la que Acevedo Díaz intenta la novela históri­ca, está compuesta por ISMAEL (1888), completada en NATIVA (1890), GRITO DE GLORIA (1893) y tardíamente en LANZA Y SABLE (1914). En este género fue donde encontró el autor su ma­yor éxito.

 
"ISMAEL" (1888)

Hasta su aparición, no contaba nuestra incipiente literatura si­no con endebles ensayos desprovistos de valores positivos y destina­dos a un pronto olvido tras el relativo éxito del momento.
En "Ismael", materia, asunto, contextura, caracteres, estilo, todo cambia respecto a la producción platense anterior. Por primera vez —si se exceptúan las páginas de Sarmiento— naturaleza, costumbres, tipos y hechos, son pintados con vigor objetivo y grandeza artística.

Personajes.
Las cuatro novelas de Acevedo Díaz que relatan los primeros hechos de nuestra nacionalidad tienen el mismo personaje central: el gaucho. Pero es en la primera donde adquiere contornos más defi­nidos. . .

Ismael, el protagonista de la obra homónima, no es un perso­naje sino un tipo; no quiso Acevedo ofrecernos en él sólo a un hom­bre, sino una condensación.
Ismael es el tupamaro clásico, el criollo puro, hijo de la liber­tad y que no tolera sumisiones ni disciplinas. Su placer es recorrer las cuchillas de la patria, salvar los pasos y las picadas, hundirse en los grandes montes impenetrables, arrastrando por todas partes su melancolía, su bravura, y su lirismo. En Ismael, quiso el autor en­carnar el pueblo anónimo, el soldado desconocido que hizo posible, con su coraje, la epopeya de nuestra independencia política.


Fuente: Apuntes sobre escritores americanos.

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