jueves, 23 de agosto de 2012

Después del invierno (Javier de Viana)


*PASÓ el invierno. Desaparecieron de las praderas los tristes pastos amarillos; redujeron su caudal los arroyuelos y tornaron a encerrarse en su cauce es­trecho los cañadones *. Las ovejas comenzaron a ostentar vellón espeso y blanco, los caballos engordaban, y con la gordura veniales nuevo y vistoso pelambre; el campo, a su vez, brilló con la yerba, suave, verde y perfumado ve­llón nacido a los besos de los soles tibios. Las perdices que dormían en el chircal espeso, se aventuraron otra vez en las lomas, volando silbadoras. En bandas numero­sas alborotaron los teru-teros; y hasta los ofidios * — re­cién salidos del letargo * invernal —, se arrastraron por la cuchilla seca, exponiendo a la luz tibia la nueva piel pintada y luciente. Los mimbres y los sauces vistieron de esmeralda; los ombúes solitarios — árboles filósofos que miran indiferentes pasar las estaciones, los recios pamperos y las brisas suaves —, los árboles tristes que no abandonan nunca su vestimenta oscura, empezaron a echar sus racimos blancos de flores estériles. La natu­raleza, como un enfermo tras larga convalecencia comen­zaba a vivir de nuevo, con una vida alegre y bulliciosa, llena de promesas, rica en esperanzas. Era una vuelta a la luz, tras la larga y penosa sombra del invierno. En vez del doloroso balar de las ovejas transidas por el frío y perseguidas por la lluvia, oíase el alegre vagido de los corderos que apenas abandonado el claustro materno, co­rrían embriagándose con la luz; en vez del siniestro mu­gir de los vacunos en los pesados días de bruma, escu­chábase el llamado alegre de los becerros recién nacidos; en vez de la yeguada que recorría mustia y en silencio los llanos encharcados, veíanse retozar sobre el otero las potrancas de piel lustrosa y ojo centelleante. A medida que el abrojo, la cepacaballo * y abrepuño * amarilleaban y se inclinaban moribundos, los macachines * y las mar-celas abrían sus corolas rojas y amarillas, moradas y azules. Los cuervos — hartos del festín que les brindaron las ovejas muertas por el frío — huían a operar su pesada digestión en lo oscuro de la selva; los caranchos * y los chimangos * golpeaban el corvo pico, crispaban la fiera garra y volaban lejos en busca de carnizas *. En cambio, trinaba la calandria; el sabia dejaba oír su dulce melodía; mostraba su copete rojo el altivo cardenal, y afanábase el hornero en buscar alimento para los polluelos que tenía abrigados en su maravilloso palacio de barro. Hasta el boyero — artífice * de la selva — solía detenerse sobre la rama de guayabo * que sustentaba su nido, y entonaba una canturria alegre.
Sobre las lagunas inmóviles, los camalotes abrían sus grandes flores celestes; sobre los talas coposos, los cla­veles del aire lucían sus flores sin perfume. En la umbría *, el trébol crecía lozano, el arrayán * abría sus grandes, blancos y aromados racimos; el burucuyá * — la flor sim­bólica— ostentaba su corona de espinas azules, e hin­chaba el ñangaripé * sus ricos rubíes, cuyo color envi­diaban los pétalos de la flor del ceibo...


 Cepacaballo
iLos terrenos estaban firmes: no eran los vados temibles lodazales, y en los esteros*, ya sin agua, podía transitarse sin temor. De mañana, el oriente mostrábase puro, la sierra se divisaba esbelta y soberbia con su cresta azul de acero; a mediodía la inmensidad del campo pa­recía reír con la risa perlada de una chicuela; y las tardes, con sus púrpuras envueltas en celajes celeste y blanco, eran como una sonrisa del día que no iba a morir, sino a cambiar de vestimenta, para reaparecer, una hora más tarde, envuelto en la augusta túnica azul salpicada de flores oro....
Tras los temporales — las lluvias copiosas, los fríos intensos, los vientos turbios y los cielos obscuros—, la naturaleza resurgía a la vida, a una vida alegre y bulli­ciosa repleta de promesas, preñada de esperanzas.

* JAVIER DE VIANA.


 Macachines
Javier de Viana es de todos los narradores uruguayos el más célebre, el más conocido. Nació en Canelones en 1868. Su familia estaba emparentada con la del primer gobernador español de Montevideo, José de Viana. Poseían estancias en el interior del país, y allí creció y vivió Javier de Viana buena parte de su vida. Era un hombre culto y al tanto de las corrientes literarias de la época, pero por sus costumbres e inclinaciones era un autén­tico campesino. Ha dejado centenares de relatos de la vida del campo, una buena parte de ellos son obras maestras de la lite­ratura americana y han sido traducidas a numerosos idiomas. Javier de Viana participó en las guerras civiles uruguayas y vivió los últimos años de su vida retirado en la villa de La Paz, departamento de Canelones. Falleció en 1926.


 
Observaciones:

El fragmento que reproducimos pertenece a la novela "Gaucha". Es, en su brevedad, una verdadera enciclopedia de la naturaleza de nuestra Patria.

Observa el procedimiento seguido por el autor para trazar esta página maestra de la literatura descriptiva. Su secreto es el contraste - invierno - primavera. Y partiendo de esa aguda opo­sición, la página toda se desenvuelve pormenorizándola en múl­tiples contrastes detallados, que refuerzan, explican, desarrollan, orquestan el punto de partida inicial.

En esta página el adjetivo asume un alto valor expresivo, de tal modo que si se privara de ellos al relato, saltaría a la vista su imposibilidad.


Vocabulario:

Cañadón: Pequeña corriente de agua.
Ofidio: Reptil, se llama así a las culebras y serpientes.
Letargo: Torpeza, modorra.
Cepacaballo: Planta sarmentosa muy parecida a la vid.
Abrepuño: Planta de unos dos o tres decímetros de altura, de flores amarillas y con duras púas.
Macachín: Arbusto silvestre que produce una fruta comestible
Carancho: Ave de rapiña que se alimenta de animales vivos y muertos; caracará.
Chimango: Ave de rapiña de unos 30 cm de largo de color oscuro. Abunda en el Plata.
Artífice: Artista.
Carniza: Desperdicio de carne.
Guayabo: Árbol americano de tronco torcido y ramoso, flores blancas, olorosas y cuyo fruto es la guayaba.
Umbría: Parte de terreno que está casi siempre a la sombra.
Arrayán: Arbusto de 2 ó 3 m de alto con pequeñas flores blancas y bayas oscuras.
Burucuyá: (Mburucuyá) planta trepadora que da la flor simbólica llamada "pasionaria".
Ñangaripé: Pitanga, árbol de hojas olorosas y frutos comestibles semejantes a guindas negras.
Estero: Terreno bajo, pantanoso.

*Cuento y Canto "Lecturas escogidas" -
Santa di Lorenzo

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