martes, 24 de julio de 2012

El arte sagrado del los pueblos por Alejandro Reyes.


Después de la segunda guerra mundial, una nueva era se pronunciaba con toda su fuerza innovadora. Una era de  de inventos y  hallazgos sorprendentes, donde la comunicación y el transporte fueron protagonistas estelares.

Con los adelantos en la grabación de sonidos,   la llegada del disco, el fonógrafo y el gramófono en los años ’20, y luego con la apoteosis de la radio-telefonía, el arte musical, hasta ahí con únicas posibilidades de ser disfrutado únicamente en vivo y confinado a las iglesias, al  teatro, al circo,  la juglaría o la trova trashumante, comenzó  a elaborarse de infinitas maneras y a llegar al oído de cada habitante del planeta, quebrando fronteras y distancias. Estos nuevos formatos, irrumpirían  estrepitosamente en el universo de las artes, cambiándolo todo.

América aun desconocía  su propia cultura y tampoco hasta el momento  se imaginaba dueña de una nueva identidad, pero  la argamasa telúrica gestada en el proceso  de colonización ya había comenzado ni bien los europeos  echaron pie en las playas del continente.  Un nuevo árbol cultural,  emergente de la confrontación, de la diversidad y el mestizaje se había ido formando en el transcurso de cuatro siglos. A esas alturas, era necesario y  era cuestión urgente, estudiar, analizar, comprender,  dar  a conocer, para luego  integrar y plasmar esa nueva raíz cultural. Pero… ¿cómo? ¿dónde ir a buscarla? A los campos,  a los pueblos, a las selvas, a las montañas de América mestiza, de América india, de América negra, de América hispánica; de América toda. Allí donde bullía en su propio epicentro, donde el hombre americano latía junto a su paisaje. La nueva vedette tecnológica del siglo, la radio,  jugó un papel indiscutido y preponderante en esta búsqueda.

Argentina fue pionera en materia de radiodifusión. Las primeras transmisiones  datan de 1920. Con la proliferación a gran escala  de estaciones de radio la música de raíz folclórica comienza lentamente  a llegar a los centros poblados y a las grandes urbes.  Artistas itinerantes, compañías de teatro,  conjuntos musicales, compañías de danza y baile etc., intentaban acercar al hombre que habitaba las ciudades,  (hasta ahí un público ajeno a ese tipo de expresiones), el arte ignoto, la música costumbrista, la música indígena, la expresión del tradicionalismo etc. Cabe destacar en esas épocas, la labor “quijotesca” de difusores e investigadores, pero también la valentía y el coraje de los artistas que se aventuraban en terrenos inciertos  movidos tan solo por un llamado interior y el amor a las cosas de la tierra.

RADIO PARÍS, una radio muy distinguida.

-Hablé con el señor director, me atendió muy gentil, le dije: "Vea señor... yo toco la guitarra, yo hago éste tipo de canción, este tipo de música. Yo quisiera tocar en su radio, porque me gusta, porque suena bien, la he escuchado en casa de amigos...
Me dijo: "Pero Ud. ¿es profesional?" Si señor. "¿ Y que hace Ud.?"
Hago ésto… " Ajá ¿Pero en que condiciones?" Me gustaría tocar gratis, tocar para hacer un aporte a la cultura  a través de radio París, es una radio con la cual simpatizo. Entonces  me dijo el Sr. Belmaña, Belmaña se llamaba : "Ese es un gesto que lo honra" Y además,  me llena de hambre Sr.., pero necesito ser oído, que otros me escuchen para que me den de comer. Porque si yo le pido un sueldo, Ud. me dice que me de una vuelta dentro de dos meses, en muchas radios me lo han dicho, yo le toco gratis a Ud., pero quiero ser oído, alguien llamará para darme una comida...
¡ Y alguien llamó!
Atahualpa Yupanqui – Retrato de un músico latinoamericano

Hacia principios del ‘40  Héctor Roberto Chavero, un guitarrista nacido en Pergamino, Provincia de Buenos Aires, anda a los saltos en la gigante capital porteña,  golpeteando las puertas de las emisoras radiales,  intentando hacerse oír. Este paisano que luego el mundo conocerá como Atahualpa Yupanqui, abrirá  un fecundo surco sobre el  territorio folclórico de América.  “La estrella que le dio su acento” será uno de los primeros “farolitos criollos” que  comiencen a alumbrar la senda del canto  de proyección folclórica. Hay muchos precursores, antes y junto a él, investigadores, recopiladores  y difusores de lo que hasta ahí podría llamarse música vernácula, pero es sin duda Don Ata, y  la manera característica en que  supo llevar a los más diversos públicos del mundo “sus artes olvidadas”,  lo que hizo de él una antorcha inextinguible, y será, junto a la chilena Violeta Parra, (“La  Viola chilensis”), quienes abrirán la primer picada visible,  desde América y hacia  los cuatro puntos cardinales. Los dos  fueron encendidos por ese impulso de ir en busca del arte sagrado de los Pueblos. Este legado invaluable que nos dejaran decenas de hombres y mujeres como Atahualpa Yupanqui y Violeta Parra,   no será reconocido de inmediato sino hasta que  las obras tomadas del pueblo, lleguen a las ciudades, al disco, a la radio, al cine, al libro, a la erudición y al análisis, y luego, en un largo y misterioso proceso vuelvan al pueblo nuevamente, desde donde surgieron.

©  Alejandro Reyes.
El arte sagrado del los pueblos (fragmento) 

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